viernes, 27 de septiembre de 2013

El inicio.



Una ligera lluvia caía en los frondosos bosques del valle. Tres caballos pisoteaban el barro mientras sus jinetes soportaban el incómodo golpeteo de las gotas de agua; si alguien les hubiera preguntado, podrían haber dicho que parecía que una ciudad de los Oshoran se había posado sobre aquel valle, una ciudad muy triste vista la oscuridad que lo asaltaba desde hacía tiempo.

La cabaña que buscaban finalmente se mostró frente a sus ojos, una sencilla cabaña de madera con las paredes de un color blanco, solo interrumpidas por las puertas y ventanas correderas del mismo color de papel. Los caballos se pararon frente al edificio y sus jinetes se bajaron, siendo el del medio, el líder, el primero en bajar para ser seguido por los otros dos. Uno de los guardias miró la cabaña tras levantar el sombrero de paja que evitaba que la lluvia le golpease la cara y no pudo evitar preguntarle a su señor sin apenas controlarse en sus palabras.

-¿Seguro que es aquí? Más bien parece el hogar de un ermitaño, de un viejo cascarrabias que solo nos contará cuentos infantiles.

El jefe de los tres, Kenshiro, miró a su subordinado con una sonrisa mezcla de furia y divertimento por las palabras que había dicho.

-No es más viejo que yo y créeme cuando te digo que lo que buscamos, la persona que buscamos, está aquí.

Ninguno de los dos guardianes dijo nada, antes de partir de la capital les habían dicho que tendrían que ir a buscar a la persona que podía solucionar el tremendo peligro que azotaba las tierras de Kokuyo, aquel peligro cuyas proporciones hacían que ellos, los Reikari se preocupasen incluso por el resto de territorios de todo el mundo.

El trío avanzó hasta la entrada de la casa. Kenshiro no se paró a medir sus modales y abrió la puerta corredera sin pedir permiso alguno. El interior era tan sencillo como el exterior de la cabaña, una habitación ocupaba la mayoría del edificio, el suelo era de tatami y en el centro había un pequeño fuego que, junto a una pequeña vela posada sobre un platito de plata, iluminaba toda la estancia de una manera algo lúgubre.

-Menuda casucha has elegido para vivir, Shonen…

La sombra que había junto al fuego levantó el rostro, dejándose ver por a luz de las llamas. Los ropajes eran oscuros y gastados, el pelo de tonos negro no había sido cortado ni cuidado en mucho tiempo y sus ojos de miel miraban pero parecían no ver o no querer ver a los visitantes.

-Hace mucho…-dijo con una voz rasgada pero firme, como si cada palabra que decía tuviera su significado y poder propios.-que nadie me llama por ese nombre.

Kenshiro sonrió de nuevo, conocía bien a aquel hombre, lo había visto en el pasado demasiadas veces y, pese a su sonrisa, no podía evitar sentir pena por el cambio que había dado en su vida años atrás. Sus dos guardias se quedaron a sendos lados de la puerta y él se acercó al fuego del centro para sentarse al otro lado de las llamas, encarando a Shonen.

-Cerrad la puerta idiotas, como se apague el fuego nos moriremos de frio.

Los guardias hicieron caso de sus palabras y cerraron las puertas; sin embargo permanecieron cercanos a la salida, sin acercarse demasiado, era como si algo evitase que pudieran dar un paso más en dirección de aquel hombre y el fuego como había hecho su señor Kenshiro.

-Tengo órdenes de la capital, del propio emperador Shonen, se necesita tu espada, todo Kokuyo la necesita, ¿no te recuerda eso a tus aventuras pasadas?

Shonen miró el fuego, su vista parecía perderse en el baile de las llamas y el salto de las chispas. Kenshiro se cruzó de brazos, sabía que se había recluido por propia voluntad allí pero no que dicho encierro le hubiera hecho tan callado.

-Sabes lo que ocurrió una vez, mi espada no debe volver a desenfundarse, su hoja no ha de hablar de nuevo.

-Shonen, déjate de tonterías, ¿no recuerdas tu bushido? ¿Tu ley de vida? ¿No fuiste un samurái?-dijo Kenshiro con cierta furia en su tono.-¿No eras tú quien se guiaba por ello? “Ve, sirve, aprende y vive”  ¡Haz honor a tus pala…!

-¡Nunca fui un samurái!-espetó Shonen sin dejar que Kenshiro terminase la frase.- No fui más que un ronin y ni ese nombre merezco, nunca serví a un señor ni al emperador, no era más que un joven que pensaba que el mundo no era más que un pasatiempo.

Las palabras de Shonen hicieron que Kenshiro quedase callado unos instantes; los guardianes de Kenshiro, desconocedores de lo que ocurría o de quién se trataba aquella persona podrían haber jurado que la lluvia se había cortado unos segundos cuando él gritó. Kenshiro suspiro cruzado de brazos, si seguía así no lograría nada, por lo que tendría que intentarlo de otras formas diferentes.

-¿Porqué no me cuentas como empezó y acabó todo? No puedo seguir discutiendo contigo sin saberlo, ¿no? Mira, incluso tienes a estos dos cabezas huecas asustados y sin saber que ocurre. Antes te gustaba contar tus viajes, recupera esa costumbre, servía para amenizar las noches como esta…y yo a cambio…
Kenshiro sacó de debajo de su capa una garrafa, de la cual sacó el tapón antes de colocarla a un lado del fuego.

-Pondré algo para refrescar tu garganta, sé que te gustaba el sake, pensé que un poco no te vendría mal para recordar.

Shonen miró la garrafa y, tras unos instantes, volvió su mirada al fuego mientras sus palabras comenzaban a brotar de su garganta, comenzado el relato por la primera de sus aventuras en la tierra de Kokuyo.


Era verano, el sol azotaba las tierras con fuerza tras una buena primavera, los campos estaban llenos de vida y la escasez de comida del año anterior no parecía que fuera a volver a repetirse un año más, con lo que las gentes podían sonreír de nuevo. Sin embargo todo lo referente a cosechas no era muy atendido en las montañas del oeste, en Sierra Trueno, tierra de una de las mayores fortalezas Shinku de todo Kokuyo.

Un joven Shonen, de apenas 17 años, se había desviado del camino que seguía los pies de la montaña y se había topado con una guardia Shinku, quienes vieron al joven viajero como un buen momento de divertimento, después de todo parecía un guerrero y llevaba una espada consigo, quizás sería un buen rival.
Los Shinku, hijos de la montaña, eran tremendamente altos y musculosos, Shonen apenas les llegaba a unos centímetros sobre la cintura. Llevaban armaduras rojas y negras, sus armas eran grandes cimitarras y alabardas que un humano como Shonen no podría sostener.

-Eres un Jûmini, ¿no es así? Vosotros tenéis esos guerreros… ¿cómo se llamaban?…samuráis, ¿verdad? El jefe de nuestro clan no nos deja atacar vuestras tierras todavía así que nunca me he podido enfrentar a uno, ¿eres uno de esos samuráis pequeño hombrecito?

Shonen sabía el resultado de una afirmación, pero era demasiado confiado como para intentar escapar por lo que posó su mano izquierda en la funda de su espada y su mano derecha en la empuñadura, preparado para atacar. Los Shinku rompieron a carcajadas, era verdad que algunos samuráis podían enfrentarse a ellos, pero la mayoría de los humanos eran demasiado débiles como para presentar una batalla entretenida. Si bien los Shinku seguían unas normas en sus clanes, lo que más respetaban era la batalla y a causa de ello a veces saltaban sus propias leyes para divertirse.

-¡Mirad chicos! ¡Es un pequeño samurái! Será mejor que me encargue yo de este, siento tener que acabar con el único que hemos encontrado, pero con suerte nuestro jefe acabará dejándonos atacar sus tierras pronto… ¿Cómo te llamas pequeño?

El joven desenvainó la espada y su estado hizo que el grupo de Shinku riese más fuerte. Si bien el mango y la funda parecían en buen estado, la hoja de la espada estaba tremendamente mellada, parecía que fuera a romperse en cualquier momento.
-Shonen…

-¿Solo eso? Pensaba que los de tu clase solían llevar un apellido y lo usaban con orgullo.

Shonen sonrió para sí mientras cogía la espada con ambas manos, como si no le importase el estado de la hoja y el tamaño de la cimitarra del que sería su oponente; y realmente no le importaba, sabía que no se rompería, lo que no sabía era si sería capaz de vencerle.

-Mi apellido no tiene importancia, no era más que el legado de un padre del que no sé nada, con mi nombre tendrás suficiente.

El Shinku que le había retado asintió, le habían gustado las palabras del joven; era una pena, si hubiera nacido como un Shinku seguro que habría llegado lejos. Pero no se podía hacer nada con el cuerpo del creador del que uno brotaba.

El aire pareció cortarse en mil pedazos y trozos piedra brotaron del suelo cuando la cimitarra del Shinku golpeó el lugar en el que Shonen estaba. El joven pudo esquivar por poco el golpe, por muy pesada que fuese la cimitarra el Shinku podía moverla demasiado rápido, solo dando tiempo a Shonen para saltar a un lado y esquivar el tremendo ataque por los pelos.

-Venga pequeño Shonen… ¿vas a estar esquivando o vas a pelear?

El siguiente golpe del Shinku fue horizontal, desde donde se encontraba la hoja tras el ataque anterior trazó un arco hasta alcanzar a Shonen, quien colocando su espada entre él y la cimitarra pudo parar el golpe; sin embargo, aunque su espada no se rompió, no pudo hacer nada frente a la fuerza del enorme Shinku y su tremenda arma, con lo que acabó saliendo por los aires y golpeándose contra una roca.

Ayudándose de su espada con una mano y de la roca contra la que se había estampado con la otra, Shonen se incorporó; le costaba respirar y no se extrañaba que se hubiera roto alguna costilla por los golpes.
-¡Mirad! Parece que su espada no se ha roto…eh pequeñajo ¿Cómo es que no se ha roto esa espada? ¡Está hecha una ruina!

Shonen sonrió mientras intentaba mantener en pié solo, el dolor y la respiración cortada no le permitían moverse como antes y eso afectaba a su equilibrio.

-¿Qué te parece que si me ganas te lo cuento?

El joven escupió una gotas de sangre, con el segundo golpe había visto los movimientos de su rival y sabía cómo podía prevenir sus ataques, solo necesitaba ser capaz de aguantar los impactos o esquivarlos y esperar a una oportunidad para vencer. Por su lado, el Shinku sonrió ante la chulería de Shonen y comenzó a cargar contra el chico empuñando su cimitarra en lo alto.


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